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Leny Chuquimia / La Paz
"Jatari (levántate), nos van a cerrar la puerta” se dicen a unas cuadras de la Terminal de Buses un par de niñas con polleritas rojas de vistosos bordados . En los hombros les cuelgan tejidos impecables que relatan con los diseños la situación de su población.
Desde 2010, durante las fiestas de fin de año, la Terminal -en coordinación con la dirección municipal de albergues- dispone de un espacio para cobijar a los migrantes que llegan de las regiones pobres del país. Gran parte son mujeres, niños y adolescentes que vienen en busca de ropa, juguetes, una oportunidad de trabajo eventual y recursos para subsistir el resto del año.
"El albergue tiene una capacidad para 250 personas, pero ha quedado chico por lo que priorizamos a las mujeres lactantes junto a sus niños y adultos mayores que requieren atención”, señala el encargado de Albergue Transitorio de Invierno y Navidad, Andrés Santos Miranda.
En la puerta revisa detalladamente las fichas de las personas que esta noche ingresarán al espacio. Dentro, dormirán 250 mujeres y niños y en la puerta otros 400 hombres, adultos mayores y jóvenes, sin contar los que se acomodan en las plazas que rodean el puente de la Cervecería.
"Calculamos que sólo en esta zona cada año tenemos más de 1.000 migrantes. Por datos del registro sabemos que vienen de Llallagua, Uncía y otras comunidades de la provincia Rafael Bustillo del Norte de Potosí. Son regiones realmente pobres donde la producción apenas es para su consumo y lo que llevan de acá es para todo el año”, indica.
"Hasta mañana” grita una de las pequeñas en la puerta para despedirse de su abuelo que duerme en la parte externa. Con inocencia pregunta si ya nos registramos y si ya tenemos un lugar donde dormir mientras nos señala su colchón ya listo.
"Es la primera vez que vengo, hemos salido de Llallagua con mi amiga. Las dositas nos hemos animado para ver si conseguimos un regalo y podemos vender dulces para llevar dinero”, nos cuenta Martha Kulqui. Con sus 20 años tiene dos hijos, el menor lo lleva en brazos y cumplió su primer año el martes. "He venido a vender, no a pedir”, asegura.
Con indicaciones en quechua las mujeres llenan el piso de colchones sin dejar lugar libre para aprovechar al máximo el espacio. Muchas de ellas no hablan español por lo que los más pequeños hacen de traductores trilingües pues hablan quechua, aymara y español.
En una habitación de la parte alta, 30 niños practican varios temas para amenizar la Noche Buena. "¡Sí!, tenemos la primera presentación”, dice uno de los profesores voluntarios, Luis Gómez, notablemente nervioso por la prueba de fuego.
"Yo no soy de aquí / soy de Potosí” canta y zapatea al son del charango la pequeña Ximena Condori, de nueve años de edad. Con una mirada pícara llegó desde Uncía junto a su hermana mayor. Lo que más le gusta -dice- son las chocolatadas, bebida que nunca había probado.
La lluvia arrecia y las puertas se cierran para empezar el descanso. En el exterior, envueltos en frazadas, cartones y plásticos los que quedaron fuera se cuidan entre sí. Se acomodan en gradas, bancas, pasillos o bajo un poste. Página Siete

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