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Marcelino Cereijido: “Cualquiera puede ser un hijo de puta”

Marcelino Cereijido: “Cualquiera puede ser un hijo de puta”

Acaba de publicar una obra cuyo título lo dice todo: Hacia una teoría general sobre los hijos de puta, en la que se plantea una pregunta que nos hacemos diariamente: ¿por qué surgen tipos que se dedican a jodernos la existencia? Con el científico que escribió este libro, tuvimos la siguiente charla.

En el estudio de su casa tiene colgado un banderín de Argentina 78, Mundial de futbol que no pudo presenciar en vivo porque, como bien dice, “de encontrarme en ese entonces en mi país, hubiera tenido que salir corriendo por la chimenea”. A Marcelino Cereijido, experto en fisiología celular y molecular, investigador emérito del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del IPN, y autor de numerosos libros sobre ciencia, una hijoputez lo llevó al exilio.

Si Dios existiera tal vez no habría tanta hijoputez.
Ya lo decía Landrú, un humorista argentino: “Si Bolivia estuviera rodeada de agua, sería una isla”. Sin embargo, para la ciencia Dios no existe. Nadie lo ha demostrado. Y mientras no se demuestre es una patraña que hunde a pueblos enteros en el infortunio y el tercermundismo.

¿El hijo de puta nace o se hace?
Se van fabricando las circunstancias. También es verdad que si el sistema es hijo de puta, todo es más fácil.

¿Por ejemplo?
En el siglo pasado los mexicanos le cantaban de manera apasionada y romántica a la mujer, pero no la dejaban votar. Eso fue una hijoputez, por más arrobador que resultara el bolero. Y si se queman varios niños en una guardería de Hermosillo y no encuentran a los culpables, alguien está en complicidad con ciertos hijos de puta. Tenemos el caso de cómo les chicanean las indemnizaciones a los familiares de los mineros muertos en Pasta de Conchos o la aparición de un góber precioso.

Hijoputeces sobran…
Mi libro no es un directorio telefónico de hijos de puta. ¡Nunca acabaría! Lo que quiero es tratar de entender qué hay en el ser humano que lo lleva a cometer maldades. ¿Qué tienen las circunstancias? ¿Cómo son? ¿Acaso es insólito el tema?

Me llama la atención que un científico esté interesado en la maldad…
Hace muchos años salí de Argentina, porque el clero tenía el suficiente poder para convencer a los militares de perpetrar toda clase de crímenes y genocidios, de robar chicos, de torturar y violar a las mujeres. Ésa podría ser la semilla que germinó en mí para que me dedicara a estudiar el tema.

¿Y qué descubrió con su libro?
Que la profesión más antigua del mundo no es la de prostituta, sino la de proxeneta. En Indonesia, una prostituta puede tener seis años de edad, porque la vendieron sus papás. En la especie humana, el macho siempre ha abusado de la mujer. El dimorfismo sexual ha generado gran parte de la hijoputez.

¿Qué piensa cuando lee en los periódicos acerca de otro descabezado?
Todavía no tengo una explicación. Cualquiera de nosotros puede ser un hijo de puta, desde el vendedor de frutas, el sastre o el que maneja una pesera. Incluso, una señora mayor como La Mataviejitas. La neurobiología ha encontrado núcleos que tienen que ver con la agresividad, con portarse del carajo, reacciones mentales que nos llevan a ser hijos de puta.

¿Está en nuestro ADN?
No existe un gen para ser hijo de puta. Es como si dijera que a la orquesta Sinfónica de la UNAM, con sólo apretarle un botón, toca la Quinta Sinfonía de Beethoven, y al oprimir otra tecla interpreta el Huapango de Moncayo. Hay que ver cuál es la partitura.

¿Usted escapa al prototipo del científico?
Lo que pasa es que la divulgación científica nos pinta a los científicos como verdaderos pendejos: con los pelos parados, la voz de pito y el rostro de sabios del siglo XIX. Eso no ayuda. El presidente de México debe vernos igual, ya le oigo decir: “¿Cómo voy a apoyar a esta bola de payasos? Si acá tenemos problemas más serios. Mejor que digan los científicos cómo hacerle para que los niños coman alguna proteína”.

En los años de gloria del PRI había un dicho: “El que no transa, no avanza”.
Si llego a escribir un libro sobre las leyes de la hijoputez, un capítulo se llamará así: “El que no transa, no avanza”. Pero ahora, ¡discúlpeme!, me tengo que ir al laboratorio. No quiero que digan en mi trabajo: “¡Pero qué hijo de puta este Cereijido! Habla mucho, pero no trabaja”.
Óscar Jiménez Manríquez
Milenium

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